
En el barrio sureño de la provincia de María de los Buenos Aires, José Mármol.
Entre la época, finales de los ochenta y principio de los noventa, rondaba ese aroma a libertad.
Los veranos no sé bien porque causa o efecto, los ligustros, los árboles, la vegetación desprendía ese perfume que anticipaba el verano y con ello nuestras edades y en casi definitiva a todos lo que en el vivíamos.
Esteban quien podría ser Julio o Rogelio… vestía un buzo cangurito adidas azul francés muy gastado, sin estar apolillado, con la insignia comercial incrustada en su pecho, unos rebordes blancos que bordeaban el contorno de sus hombros, y acompañando al puño de la cintura el infaltable bolsillo comunicador de fríos, nervios, mimos...
Este muchacho sobrepasaba los dieciocho años, nosotros los pibes del barrio, no sobrepasábamos los 11 años. Un abismo de pensamientos, actitudes, lecturas, charlas y juegos se diferenciaban entre ese muchacho y nosotros… él descubría la podredumbre de la urbe y nosotros jugamos a la pelota, nos enamorábamos y tiramos piedras en protesta de nuestra voz.
Los pibes del barrio suelen ser los buenos muchachos del ahora. Ese muchacho de pantalones corderoy marrón oscuro, hoy chocolate, zapatillas topper y una altura de sancos, cruzaba por el medio de la cuadra con un andar payayecico. Rebotaba en si mismo contra el concreto, como si en sí estuvieran inspirado en el andar de los resortes.
Las pequeñas manos ayudaban en los quehaceres de la casa mientras la vista al mundo, para mí y en ese entonces, solo tenía 11 años. Miraba por la ventana en una tarde fresca de primavera y ver a un muchacho de 2 metros (o eso a los ojos de un niño) y que pase por medio de la cuadra con una cara sonriente de felicidad radiante, su rostro no expresaba más que pensamientos y sueños alegres. Caminando con sus brazos a los costados acompañando todo el cuerpo en ese rebote constante. Era algo admirable. Daba ganas de crecer.
Me acuerdo una tarde nos invito a su cuarto. La casa era un chalet estilo ingles, su cuarto estaba subiendo la escalera doblando a la izquierda. Increíble. La puerta estaba cerrada y si mal no recuerdo había un poster de fondo blanco imitando unos ladrillos y decía The Wall, algo que no sabía en ese entonces que significaba, Esteban nos abrió la puerta de su cuarto que tenía la impresión de ser una casa de un árbol dentro de una casa. Las paredes eran blancas y pintadas con aerosol rojo, su cara nos quería develar su verdad y sus creencias, sus descubrimientos, su gesto, su voz era de tono no muy grave, esa tonada porteña que desprendía tonos firmes en sus palabras. -.Decía miren, son pibes y tienen que ver, miren muchachos… miren… su rostro estaba satisfecho con su invitación nosotros con 11 años estábamos asombrados, no sabíamos que recibíamos frente a lo que leíamos, pero sabíamos que estábamos aprendiendo algo, algo que iba a ser importante.
Nos bajamos.
Y fuimos a jugar a la pelota, el Gordo y yo ese día no jugamos como siempre, estábamos desconcentrados… Pensado. Habíamos visto algo nuevo.
Desde Esteban se veía de la calle, su cuarto con la ventana abierta, salía humo blanco perfumado.Al rato, salió caminando, después entendí porque caminaba así era porque bajaba la escalera y seguía con ese ritmo vaya uno a saber. Vaya uno a saber dónde hoy está Esteban. Vaya uno a saber dónde iba. Los más grandes se reían de su forma de caminar yo no lo había hecho, pero no me tente más de la risa de los otros. Entendí muchas cosas ese día. ¡¡¡Caminaba así porque el concreto no tenía más escalones!!! Pero tenía un buen ritmo. Una vez frente a la ventana de casa mirando, haciendo los quehaceres, lo vi pasar, la calle estaba desolada, el vestido como siempre que recuerdo, caminaba en forma de resorte y dio un salto más grande que el común, miro hacia los lados buscando chusma, hizo una sonrisa aún más grande y siguió… como sí… como él… Como Esteban
Entre la época, finales de los ochenta y principio de los noventa, rondaba ese aroma a libertad.
Los veranos no sé bien porque causa o efecto, los ligustros, los árboles, la vegetación desprendía ese perfume que anticipaba el verano y con ello nuestras edades y en casi definitiva a todos lo que en el vivíamos.
Esteban quien podría ser Julio o Rogelio… vestía un buzo cangurito adidas azul francés muy gastado, sin estar apolillado, con la insignia comercial incrustada en su pecho, unos rebordes blancos que bordeaban el contorno de sus hombros, y acompañando al puño de la cintura el infaltable bolsillo comunicador de fríos, nervios, mimos...
Este muchacho sobrepasaba los dieciocho años, nosotros los pibes del barrio, no sobrepasábamos los 11 años. Un abismo de pensamientos, actitudes, lecturas, charlas y juegos se diferenciaban entre ese muchacho y nosotros… él descubría la podredumbre de la urbe y nosotros jugamos a la pelota, nos enamorábamos y tiramos piedras en protesta de nuestra voz.
Los pibes del barrio suelen ser los buenos muchachos del ahora. Ese muchacho de pantalones corderoy marrón oscuro, hoy chocolate, zapatillas topper y una altura de sancos, cruzaba por el medio de la cuadra con un andar payayecico. Rebotaba en si mismo contra el concreto, como si en sí estuvieran inspirado en el andar de los resortes.
Las pequeñas manos ayudaban en los quehaceres de la casa mientras la vista al mundo, para mí y en ese entonces, solo tenía 11 años. Miraba por la ventana en una tarde fresca de primavera y ver a un muchacho de 2 metros (o eso a los ojos de un niño) y que pase por medio de la cuadra con una cara sonriente de felicidad radiante, su rostro no expresaba más que pensamientos y sueños alegres. Caminando con sus brazos a los costados acompañando todo el cuerpo en ese rebote constante. Era algo admirable. Daba ganas de crecer.
Me acuerdo una tarde nos invito a su cuarto. La casa era un chalet estilo ingles, su cuarto estaba subiendo la escalera doblando a la izquierda. Increíble. La puerta estaba cerrada y si mal no recuerdo había un poster de fondo blanco imitando unos ladrillos y decía The Wall, algo que no sabía en ese entonces que significaba, Esteban nos abrió la puerta de su cuarto que tenía la impresión de ser una casa de un árbol dentro de una casa. Las paredes eran blancas y pintadas con aerosol rojo, su cara nos quería develar su verdad y sus creencias, sus descubrimientos, su gesto, su voz era de tono no muy grave, esa tonada porteña que desprendía tonos firmes en sus palabras. -.Decía miren, son pibes y tienen que ver, miren muchachos… miren… su rostro estaba satisfecho con su invitación nosotros con 11 años estábamos asombrados, no sabíamos que recibíamos frente a lo que leíamos, pero sabíamos que estábamos aprendiendo algo, algo que iba a ser importante.
Nos bajamos.
Y fuimos a jugar a la pelota, el Gordo y yo ese día no jugamos como siempre, estábamos desconcentrados… Pensado. Habíamos visto algo nuevo.
Desde Esteban se veía de la calle, su cuarto con la ventana abierta, salía humo blanco perfumado.Al rato, salió caminando, después entendí porque caminaba así era porque bajaba la escalera y seguía con ese ritmo vaya uno a saber. Vaya uno a saber dónde hoy está Esteban. Vaya uno a saber dónde iba. Los más grandes se reían de su forma de caminar yo no lo había hecho, pero no me tente más de la risa de los otros. Entendí muchas cosas ese día. ¡¡¡Caminaba así porque el concreto no tenía más escalones!!! Pero tenía un buen ritmo. Una vez frente a la ventana de casa mirando, haciendo los quehaceres, lo vi pasar, la calle estaba desolada, el vestido como siempre que recuerdo, caminaba en forma de resorte y dio un salto más grande que el común, miro hacia los lados buscando chusma, hizo una sonrisa aún más grande y siguió… como sí… como él… Como Esteban
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